Tuning español.
Particularmente en España se ha desarrollado una movida importante con un calendario anual de
actividades en gran número, aparte de las grandes ferias del motor. La cultura urbana del tuning
cuenta con espacios y hay personajes, máquinas y experiencias que dan lugar a historias. De hecho ya se
realizó una película sobre el mundo del tuning español.
"El delirio del tuning" (No ficción) de Gabriela Wiener. "Esta cronista fue en busca de los fanáticos del
tuning, una comunidad formada por chavales que viven alterando la mecánica y electrónica de
sus fetiches sobre ruedas en la más pura competencia de vanidad automotriz. Ellos aseguran
que sus coches son más guapos que sus novias. Bienvenidos a la pasarela Frankenstein de los
autos más guapos y furiosos."
"El sujeto de los dedos mutilados que acaba de invitarme a subir a su coche cree que todo
empieza y todo termina en el Batimóvil. Casi lo puedo ver, todavía niño, obnubilado por ese
armatoste lleno de trucos, mezcla de carroza fúnebre y nave espacial, pero sobre todo
símbolo de la superioridad tecnológica de Batman sobre el resto de los hombres.
Y no me cuesta imaginarlo al volante a los once años, guiado por su padre como un Meteoro
ibérico, contando los días para construir su propio y deportivo Match 5: un carro que al
apretar un botón haga aparecer un pájaro robot que haga de paloma mensajera, o que por lo
menos se convierta en submarino. De jugar a las carreras de autitos al placer de ser
envidiado en un semáforo por conducir un coche tuning, hay sólo unas cuantas paradas.
Porque no existe nada más insoportable para un tunero –léase, esos locos del volante adictos
a transformar sus convencionales maquinarias en singulares obras de ingeniería casera–
que un auto sin misterio, un auto en serie, uno de esos modelos masivos consagrados por el
gusto de la gente normal. ¿Por qué ceder ante lo ordinario si se puede aspirar a lo
extraordinario?
La respuesta parece estar en la caravana de inauditos automóviles que
hace su ingreso al improvisado campo de exhibición de tuning en las afueras de Benicarló,
un pueblo a tres horas en tren de Barcelona que alguna vez le dio la denominación de
origen a la alcachofa. En España la actividad de los tuneros es abrumadora: la agenda de
eventos es amplísima, sobre todo en las zonas rurales. Esta tarde, en la última
concentración de tuneros del año en la península, dentro de la personalísima máquina
bicolor del chaval de los dedos mutilados, pienso en Henry Ford revolcándose en su tumba.
¿Cómo iba a suponer míster Ford, cuando a principios del siglo xx introdujo la moderna
técnica de ensamblaje en movimiento y germen de la producción serial de automóviles, que
unos tipos, tan hijos de América como él, se instruirían en desmantelar su proyecto,
cambiando lo estándar por lo bizarro y poniéndolo en boga?
El término inglés tuning significa, en la horrible jerga de los ingenieros automotrices,
afinar, ajustar o entonar los componentes mecánicos y electrónicos de un vehículo.
Alterarlo, primero, movidos por el bicho infecto pero tenaz de la velocidad. Segundo,
empeñados en borrar las huellas de su omnipotente dios creador, digamos la Toyota, y
convertirlo en obra personal de un tal Pérez. Para modificar la genética de un auto se
valen de toda clase de artilugios, como hacer una cirugía plástica pero con la técnica
Frankenstein, que incluya lavado de cerebro y cambio de sexo.
Como si un filósofo deconstructivista se hubiera pasado a mecánico. Como si a todos los
autos robados, reconstruidos con repuestos también robados, les agregáramos toneladas de
glamour. El resultado: criaturas más personalizadas, rendidoras y rápidas. El del piloto
sin dedos es el prototipo de auto modificado al capricho de su joven dueño: motor de
Peugeot, aletas de Porsche, faros de CitroÎn y carrocería de Renault.
Ha manejado toda la noche desde Madrid, lentamente y por los senderos más oscuros, para no
ser visto por la policía, pues aún no ha oficializado las transformaciones hechas a su
coche. Si lo cogen, le cae el cepo. Ha venido con una fotografía de su hermana –también
policía– oscilando a modo de amuleto desde el espejo retrovisor, y una cachiporra incrustada
de púas en el asiento del copiloto donde ahora yo estoy sentada, por si osan asaltarlo
otra vez. Hace tres años intentaron robarle el auto.
Le rompieron cuatro huesos, pero no consiguieron bajarlo de su calabaza convertida en
carruaje. Cuesta tanto dinero hacer un auto tuning que hay que defenderlo con la vida.
De repente acelera, pisa hasta el fondo el acelerador y hace rugir el motor y escupir nubes
de humo a su bullanguero tubo de escape. La respuesta es inmediata: la gente rodea el
escaparate sonoro en el que estoy atrapada, pidiendo más ruido.
Y él, a más observado más radiante, casi me contagia sus entrañas exhibicionistas. Lo veo
saludar con aquellos dos dedos sobrevivientes. Lo veo transformarse en un coleccionista de
miradas, regodeándose en los gestos delatores de sus colegas, adivinando sus más bajas
pulsiones. Todos los participantes en esta tarde de tuning se comparan, se miden, se
admiran o se desprecian con el mismo ardor. Todo vibra y hasta diría que levito unos
centímetros sobre el asiento de piel. “¡Hazlo estallar!”, grita alguien.
Presa del juego de la adulación, le comento que él es la atracción. “Gracias a Dios”,
escucho antes de volver a quedar momentáneamente sorda.
Una estridente criatura, mitad amarilla mitad negra, rompe el monócromo panorama de la
plaza central de Benicarló. Fue la primera aparición tuning de mi vida o la primera rociada
de aceite humeante en mi nariz. Tomo un taxi hasta la explanada que está frente a un
centro comercial. Al llegar, queda claro que quien manejaba el bólido amarillo y aceitoso
de hace un momento era nada menos que C, el organizador del concurso, nuestro contacto
para entrar en el mundo del tuning".
Fuente: Gabriela Wiener www.circulolateral.com/revista/revista/articulos/125_sinficc.htm - Editado por Héctor H. Zorrilla, webmaster de Tuning de automóviles, Bs As, Argentina.
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